LA ÉTICA MÉDICA Y SU UTILIDAD EN LA
FORMACIÓN DE PREGRADO.
Algunos sostienen que la formación de
valores no debería ser considerada como parte de la misión específica de las
universidades, puesto que a ese nivel la mayor parte de las actitudes y puntos
de vista de los alumnos ya estarían formados. Se afirma que, en cuanto
instituciones educativas de nivel superior, ellas deberían limitarse a la
instrucción, capacitación y especialización de sus alumnos en disciplinas
académicas particulares. Sin embargo, aun si aceptáramos que los alumnos de
educación superior ya hubieran internalizado un sistema valórico determinado
-hecho que, por lo demás, los estudios de psicología de la educación parecen
desmentir-, esto no garantizaría todavía que ellos sepan cuál es el modo
concreto en que esos valores se encarnan en la práctica de la disciplina que
han escogido. Así, por ejemplo, la forma más natural de aprender cómo se
comporta en la práctica un médico que quiere ser honesto es a través del
contacto con los correspondientes profesionales. En otras palabras, el
aprendizaje de los valores se da junto con el aprendizaje del papel
profesional, aun cuando ello no se busque expresamente.
Por otro lado, el acelerado avance del
conocimiento y de la tecnología hacen que lo que se aprende hoy pueda ser
obsoleto mañana. Se requiere, por tanto, un permanente estudio y reciclaje para
estar al día en un área del saber. Ello plantea la necesidad de que las
instituciones de educación superior, junto con entregar algunos contenidos fundamentales,
se preocupen de formar personas capaces de adaptarse al cambio y de acceder a
las actuales fuentes de información con espíritu crítico y creador. Esa
búsqueda permanente y crítica de la verdad exige autodisciplina y esfuerzo
personal, poniendo así en juego virtudes y constituyéndose, por tanto, en un
proceso de humanización, de perfeccionamiento y de elevación del hombre. Vemos,
entonces, que las universidades de hoy no pueden eximirse de la formación en
valores de sus alumnos, si pretenden ser exitosas en la formación de líderes
sociales, de personas capaces de anticipar el futuro y de comprometerse con el
desarrollo del país y de su propia disciplina, como señala J. Aragoneses.
Es así como, tras un período en el que se pretendió excluir activamente
la enseñanza de la ética de la educación superior, buscando una educación
"valóricamente neutra", ha comenzado a surgir, en la segunda mitad
del siglo XX, la tendencia a formalizar la enseñanza de la ética profesional al
interior de las universidades. Resulta interesante constatar que las escuelas
de Medicina han sido pioneras en este sentido. Contamos, así, con la
experiencia acumulada durante algo más de dos décadas y con numerosos trabajos
destinados a evaluar la relevancia y utilidad de introducir cursos formales de
Ética Médica,. También se han hecho esfuerzos por establecer la metodología y
los contenidos que efectivamente logran mejorar las habilidades de razonamiento
moral y las destrezas en el análisis de los problemas ético-clínicos en los
estudiantes de Medicina,. Sin embargo, queda aún por precisar el real impacto
que esto pueda tener en el desarrollo de actitudes y comportamientos éticos,
puesto que en este campo intervienen no solo las habilidades intelectuales,
sino también la voluntad y afectividad.
El presente trabajo tiene por objeto
revisar las evidencias que apoyan la conveniencia de enseñar ética en las
escuelas de Medicina, así como exponer la forma en que este problema está
siendo abordado actualmente en la Escuela de Medicina de la Universidad
Católica de Chile.
¿Tiene sentido enseñar ética médica?
La idea de la universidad como institución educativa destinada no solo a
elaborar y transmitir conocimientos académicos, sino sobre todo a formar
personas, estuvo en el origen mismo de las universidades en la Edad Media. Su
meta fundacional era formar hombres sabios y buenos. Sin embargo, la evolución
histórica y la diversificación de las universidades diluyó este objetivo
fundacional. Se llegó, así, a enfatizar solo algunas de sus tareas específicas,
como p. ej. la producción científica o la formación de profesionales. Ello
condujo a un vaciamiento ético de la educación superior, que, como ha puesto en
evidencia J. Aragoneses, obedece tanto a causas externas como internas. Como factores
externos a las universidades, esta educadora señala el contexto general de la
educación contemporánea, marcada por el " relativismo moral, que vacía la
educación de los valores, el neutralismo y cientificismo que impregna nuestra
cultura y cuestiona todas las metas que no sean medibles, visibles y
cuantificables". También el desconocimiento del valor de la voluntad en la
vida moral de la persona influye decisivamente en este sentido. Pero existen,
además, algunos motivos internos por los que la institución universitaria se ha
alejado de lo que fuera su misión original. Entre ellos está, según J.
Aragoneses, la falta de unidad de criterios para afirmar que la universidad -en
cuanto tal- tenga como meta la formación integral de las personas (esto es, no
solo la formación intelectual, sino también la formación afectiva, social y
moral). A ello se suma que, en algunas de las universidades en las que la
formación moral aparece como uno de sus objetivos primordiales, puede
apreciarse una falta de coherencia entre su declaración de principios y lo que
constituyen las políticas de docencia, los currículos y los programas de
cursos, en los que estos objetivos de formación no se concretan o explicitan
adecuadamente.
Dificultades adicionales vienen dadas por el hecho de que en el éxito de
la transmisión de los valores influyen decisivamente los modelos vivos de
relaciones interpersonales que se establezcan al interior de una institución
educacional, tanto entre los académicos, como entre profesores y alumnos y entre
los mismos alumnos, como ha señalado Reiser. Esta enseñanza de la ética que
ocurre principalmente a través del modelaje, es lo que Hafferty y Franks han
denominado el "currículo oculto" en la estructura de la educación.
Surge, así, la pregunta por la factibilidad y el sentido de la enseñanza formal
de la ética profesional. Esta interrogante es, en realidad, tan antigua como la
historia de la ética. Ya Aristóteles puso en duda la concepción intelectualista
de la ética socrático, según la cual bastaría conocer el bien para realizarlo.
La experiencia personal de cada uno comprueba la falacia de este razonamiento.
¿Qué objeto podría tener, entonces, la enseñanza de la ética al interior de una
escuela de Medicina?.
Tal como decíamos antes, en las últimas décadas educadores médicos han
enfatizado la necesidad de incluir cursos de ética en el currículo de Medicina.
Se afirma que la enseñanza de la ética médica podría contribuir efectivamente a
la formación de valores y de habilidades de relaciones interpersonales de los
médicos. En la literatura se señalan cinco objetivos principales de la
enseñanza de la ética médica:
Permitir la identificación y el examen crítico de las propias
convicciones morales.
Enseñar a reconocer los aspectos humanos y éticos de la práctica médica.
Entregar un conocimiento de los fundamentos filosóficos, sociales y
legales de la profesión.
Fomentar el empleo de estos conocimientos en el razonamiento clínico.
Desarrollar las habilidades de interacción
personal necesarias para una práctica clínica humanitaria.
Queremos destacar aquí la
importancia del primero de estos objetivos, puesto que nuestra experiencia
docente nos ha confirmado su eficacia pedagógica y su contribución al logro de
los otros cuatro objetivos enunciados. Aplicando a nuestros alumnos una
encuesta desarrollada por Self con el fin de verificar la congruencia entre los
valores que subyacen a las soluciones propuestas para distintos problemas
ético-clínicos (dupla objetivismo-subjetivismo), hemos comprobado el estímulo
que supone para ellos darse cuenta de sus propias inconsistencias y confrontar
sus valores con los de otras personas que les exijan fundamentar su postura.
Tal como el mismo Self ha propuesto en un estudio reciente, hemos comprobado el
papel fundamental que juega en el proceso educativo el poner en evidencia las
"disonancias cognitivas". Una de las formas en que la discusión de
problemas éticos en pequeño grupo parece estimular la maduración ética de los
alumnos es por vía de la confrontación de ideas y de la exposición a la forma
de argumentación propuesta por personas en distintos nivel de maduración moral.
De este modo, Self postula que su estudio es capaz de demostrar que las
habilidades de razonamiento moral son no solo enseñables, sino también
medibles. Según este autor, el nivel "umbral" de exposición a
discusiones en pequeños grupos que seria necesario alcanzar para mejorar
efectivamente las destrezas en el razonamiento moral, está dado por un mínimo
de 20 horas curriculares. De acuerdo con este hallazgo, propone que enseñar
ética médica determina una diferencia real en las habilidades de razonamiento
moral de los alumnos cuando se supera ese umbral. Pero es evidente que no basta
con que los alumnos aprendan a razonar; la enseñanza de la ética busca, además,
fomentar ciertas actitudes y comportamientos. Es así como el mismo autor
realizó un estudio destinado a comparar las habilidades de razonamiento moral
con la actitud empática. Los hallazgos de este estudio apuntan hacia la
existencia de una diferencia relacionada con sexo. Así, los hombres tendrían
una mayor facilidad para el razonamiento lógico, enfatizando el principio de
justicia, mientras que las mujeres poseerían una predisposición mayor hacia
actitudes empáticas. No obstante, esta diferencia ligada al sexo no fue
confirmada en un estudio reciente realizado por Price, con una casuística
significativamente mayor. Sin embargo, independientemente de los factores que
pudieran intervenir en este sentido, no cabe duda de que demostrar el real
impacto de la enseñanza formal de la ética médica en el desarrollo de actitudes
y comportamientos es un asunto muy complejo. Un avance en este sentido está
dado por los esfuerzos realizados en la actualidad para desarrollar pautas
destinadas a evaluar las cualidades humanitarias en la práctica médica. Se
procura, así, elaborar pautas de evaluación que logren una cierta concordancia
intersubjetiva entre los diferentes evaluadores. Este es un interesante campo
de estudio, que abre perspectivas futuras a la investigación sobre el tema que
aquí nos ocupa: la interrogante acerca de la relación entre las habilidades
cognitivas y el comportamiento moral concreto. En este contexto parece
relevante precisar el significado de los conceptos de enseñar, educar y formar.
Enseñar es la tarea de conducir al entendimiento a nuevos contenidos. Educar,
en cambio, implica orientar la voluntad hacia un objetivo dado. Se trata,
entonces, de un trabajo planificado que entrena día a día la voluntad para
hacer posible la consecución del objetivo. Más profundo es el significado del
concepto de formar: mientras las otras dos actividades se dirigen a las
capacidades del hombre, la tarea de formar se dirige a la sustancia misma de la
persona, para configurarla con un ideal de vida. El objetivo de la formación es
un tipo de personas en consonancia con ese ideal.
Si bien la percepción de la
utilidad y relevancia de enseñar ética médica se ha ido incrementando en las
últimas décadas, de modo que en la actualidad la mayoría de las escuelas de
Medicina la han incorporado a su currículo, los contenidos y la forma de
enseñarla han sufrido transformaciones importantes a lo largo del tiempo. En un
interesante artículo, E. Pellegrino plantea una visión retrospectiva de lo que
ha sido este desarrollo especialmente en los últimos 30 años. Describe un largo
período de tradición hipocrática, en el que los valores y principios morales
contenidos en el Juramento eran parte esencial de la enseñanza de la Medicina.
Estos principios orientaban la práctica médica y eran aplicados para resolver
los problemas éticos que pudieran surgir, sin cuestionar su origen ni su
validez. Con la influencia del Positivismo en la época moderna, esta forma de
razonamiento moral fue criticada. Los postulados éticos de W. D. Ross, quien
plantea la existencia de una pluralidad de normas éticas que reclaman nuestro
asentimiento y que son aceptadas por la razón sin mayor necesidad de
fundamentación pues resultan evidentes a primera vista (los llamados deberes
prima facie), aparecían como una forma "más científica" de
hacer ética. Es así como se desarrolló una corriente ético-clínica que hoy se
conoce con el nombre de Principialismo. Ella propone agrupar los valores
morales contenidos en los distintos códigos y declaraciones de ética
médica en cuatro principios básicos: los principios de no-maleficencia,
beneficencia, autonomía y justicia. Este fue el modelo de enseñanza de
la ética médica propiciado por la Universidad de Georgetown a partir de la
década de los '80.
Fuente
Revista de Estudios Médicos Humanista, Universidad católica de Chile /
Vol. 1 No. 1 Dr. Pedro Rosso Rosso (Departamento de Pediatría. Facultad de
Medicina, Chile). 2012.
Opinión
Si bien hemos observado un incremento en
los últimos años por parte de las escuelas de Medicina en incorporar a su
currículo esta materia y como se ha transformado a lo largo del tiempo; debo
manifestar mi absoluta convicción respecto a la necesidad de que se siga
otorgando la enseñanza y practica desde los inicios de la carrera misma con el
enfoque Bioético.
Si bien INUMEDH a concebido esta
acertada iniciativa y perspectiva en ampliar el paradigma científico-humanista sin
perder de vista el acto primario del perfil médico en los alumnos, las nuevas
generaciones debemos poseer una visión mas centralizada en comprender el panorama
del ambiente sanitario, la relación médico-paciente y las decisiones clínicas
en las que estaríamos expuestos día a día. Es y seguirá siendo algo muy
rescatable en las futuras generaciones.
Oscar Gerardo Hernández Medina.
Abril 2015.
Buen tema!
ResponderBorrarGracias
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